31 de Octubre, día como cualquier otro si no fuera por esta nueva modilla que se ha arraigado en nuestro país; el “Halloween”.
Resulta que estoy solo en mi casa y aunque les parezca raro, para mi, que un tipo de 20 años este un fin de semana largo solo en su casa no me parece looser, sino que me parece muy cool (nótese el uso de modismos americanos a tono con la fiesta), en fin, estoy en mi casa solo y comienza a sonar el timbre, ¡dulce o truco! Me grita una banda de pequeñajos vestidos de duende, bruja, momia, fantasma y vampiro. Mi impulso de garabatearlos eufóricamente haciéndoles entender lo que significa esta estúpida celebración se ve retenido por mi sentido común que me hace dar cuenta que aunque se los explicara un millón de veces, no me entenderían. Es que los chilenos somos así, pecamos de inocentes, es decir, de aweonaos, aferrándonos a cuanta cosa nos dé un poco de identidad cívica, algo que nos sirva de pretexto para salir a las calles a demostrar que estamos vivos y que tenemos presencia colectiva. Es así como cada año el 31 de Octubre los papitos de todas las culturas y estratos socioeconómicos visten de demonio a sus rechonchos hijos (que probablemente luego de los 40 serán diabéticos) y los lanzan a las calles a limosnear caramelos de puerta en puerta.
Yo los espero con la bolsa de dulces que mi madre preparó para la ocasión, y mientras me los voy comiendo escucho como tiran huevos a mi puerta luego de quemarse las gargantas gritando como autómatas imbéciles “dulce o travesura”.
En un ánimo más lúdico y con ciertas ganas de sádico placer me dispongo a comer algunos dulces al lado de la puerta y escucho como después de gritar dicen desilusionados “vamos, no hay nadie” y yo río en espíritu, y mi amargada alma se regocija pensando en lo inútil de su preparación, en todo el trabajo de sus papis y de los mismos regordetes para hacerse su disfraz, ¡todo para nada! Para que un tipo ocioso y malhumorado no les de bola y se coma sus tan ansiados caramelos.
En un momento escucho una voz muy familiar que luego del dulce o travesura vocifera algo como “si no day dulce ti quimamo la casha… corta” pendejos brígidos- pienso-
Y cuando me dispongo a abrir la puerta para gritarle ¡pendejo flayte! PAF impacto de huevo. Mi ira aumenta ¡Pendejo culiao! quiero gritarle ahora, pero luego pienso que contenerme me saldrá más económico que pagar el vidrio si al pequeño angelito se le ocurre lanzarme una piedra.
En fin, me canso y vuelvo al computador maldiciendo a los celtas por tan idiota fiesta pagana, a esos papitos que copian esta festividad a falta de conocimiento, y a esos rechonchos y rosados pequeñajos que en vez de dulce deberían salir a pedir bonos para la nutricionista.
Feliz Halloween!