jueves, 28 de febrero de 2008

Perú: Lo malo y Cuzco


Tercera parte: El fatídico viaje en “bus”

Por el parlante la voz robótica tipo Luli de la mujer que indicaba los horarios de salida y llegada nos indicaba que nuestro bus se disponía a salir por la puerta 2. Subimos a este bus “nuevo” que pese a ser 5 estrellas no contaba con baño, algo que, dado el viaje de nueve horas que nos esperaba, era un poco incómodo, sobretodo para nuestro amigo shurrito, con serios problemas de incontinencia urinaria (exageración que uso para graficar que es un meón). De todas formas pusimos la mejor cara y fuimos a entregar nuestras mochilas, pero horror, no entregaban ticket, y cómo sabrá usted que las mochilas son de nosotros al momento de bajar-pregunté-, tranquilo al bajar se ve eso pes fue la respuesta del auxiliar, subimos al bus rogando que al bajar nuestras mochilas estuvieran donde las dejamos, al sentarnos, shurrito en la ventana, yo en el pasillo y Jack atrás creímos que ya podríamos relajarnos y dormir mientras la marcha del bus era inminente. Pero que inocentes almas fuimos, en Perú no se estila que un bus salga con los pasajeros que tenga a la hora estimada, no, nada de eso, se espera hasta que el bus se llene, y así nos dieron las 9:30 hasta que el bus literalmente se llenó, con gente ocupando todo el pasillo, gente que debo decir parecía refugiado de guerra ya que llevaban la casa consigo. Así nos fuimos entre “chismosas” (nombre que les dimos a las mujeres peruanas, indígenas que usaban mucho esa palabra) que no dejaban de hablar en aymará o quechua o quien sabe qué lengua. Mujeres malolientes a sudor y maíz y hombres que tenían más grasa en el pelo que en el vientre. Casi al salir de la ciudad el bus paró para dejar subir a un niño que luego de un discurso del tipo “agradezcan que les vengo a vender caramelos en vez de robarles la plata” se bajó sin mucho éxito de ventas. El frío comenzaba a sentirse, y las “chismosas” sacaban manta tras manta y se volvían muy contrastantes al lado de nosotros tres, desubicados con pantalón corto y sandalias. En las aduanas Ínter departamentales (que fueron al menos 2) subía un guardia a pedir la cédula de identidad, caminando por el único espacio libre del bus... las posaderas de brazo, lo bueno es que al ver la cédula chilena no nos revisaban ni se la llevaban a la caseta para revisarla. A las 4 de la mañana al conductor se le ocurrió una brillante idea… y al ritmo de la zampoña desperté muerto de frío entre una nube de olor a peo, orina y sudor. No me sorprendí al ver que me había caído maíz mientras dormía, tampoco me sorprendí mucho cuando 2 horas más tarde me caía una caja con fruta en la cabeza. Lo que sí me sorprendió fue la osadía del compañero de asiento de nuestro compañero Jack, quien dejó la evidencia de su relajo vesical en cuatro pequeñas bolsitas de plástico dejadas deliberadamente en el piso del bus. Pero eso ya no importaba, se había hecho la luz y pronto llegaríamos a Puno donde tomaríamos un bus hacia Cuzco, nuestro primer destino que esperábamos que fuera muy hermoso para que el viaje comenzara a valer la pena.

Perú: Lo malo y Cuzco


Segunda Parte: Tacna

Despertamos algo deshidratados (me pregunto por qué) y luego de bañarnos y tomar un paupérrimo desayuno provisto por el hostal contratamos un taxi que por 2000 pesos chilenos nos llevaría hasta Tacna, este sujeto fue nuestro primer acercamiento con Perú, ya que sin cargo de conciencia puedo decir que su fealdad y su parecido a los malos que se batían con el Zorro en las películas de antaño serían sin duda alguna factor muy común dentro de la población peruana. En fin, pasamos la aduana sin ningún problema, casi rayando en la ligereza por parte de aquellos funcionarios que nos revisaron a nuestra entrada a Perú (verán como la historia cambió cuando quisimos retornar a Chile) y así llegamos luego de un monocromático viaje a nuestro destino: Tacna. Nos bajamos en la plaza de armas al amparo de una preciosa catedral que fotografiamos haciendo gala de nuestra condición de turistas con las cámaras alzadas. Pronto tomamos rumbo hacia el terminal terrestre de Tacna y sacamos pasaje en una línea que nos prometía buses “nuevos”. Luego supimos que “nuevo” en Perú significa de tercera mano. Volvimos a la plaza de armas caminando y a mitad de camino nos sentamos en un parque, del que luego nos fuimos cuando dos chicas llegaron a preguntarnos si no teníamos miedo de esta ahí sentados, después de todo, somos chilenos y si nos ven por ahí sentados como seres humanos normales que se sientan, pues podrían hacernos algo. Seguimos caminando, lo que nos dio tiempo a conocer una ciudad que en realidad no tiene nada de glamoroso, bonito o rescatable… bueno exceptuando la artesanía, la catedral y lo que vendría después; Aníbal. Mientras esperábamos en la plaza de armas mi amigo shurrito tuvo la buena fortuna de conocer a Aníbal, un guía turístico que nos hizo un agradable recorrido por la historia de Tacna mientras visitábamos un campo de batalla, un cementerio, un monumento y un museo. Al volver nos fuimos a lo que sería nuestro mejor momento en Tacna; nos fuimos a almorzar. Es que la comida en Perú merece un sitial muy especial, ya que por 4 soles, lo que serian 680 pesos, nos servimos un almuerzo muy contundente y sabroso, tan sabroso que no importaba que medio restorán nos mirara feo. Así fuimos haciendo hora en una plaza que quedaba atrás de la catedral de Tacna, donde dos niños de “buena familia” jugaban al amparo de la niñera, con clara propiedad y libertad en aquella plaza que nos cobijaba como extraños. Pronto el panorama se volvió más diverso y a la placita llegó un niño pequeño, bastante sucio y andrajoso. Se acercó a nosotros a pedirnos la botella de bebida, no porque quisiera tomar lo que quedaba del contenido (cosa que de todas formas hizo) sino que quería la botella para complementar su conjunto de juguetes. Unos envoltorios de chocolate, una cajita de leche vacía y nuestra botella de Coca-Cola desechable. Alarmado, el menor de la pareja de niños “bien” se levantó, él no tiene derecho a jugar con la basura, es basura y debe ir en el bote- Dijo el niño con una convicción y seguridad intrigante- luego se levantó, fue al lugar donde el niño jugaba y mientras éste recolectaba basura a lo lejos, el rubio niño aprovechaba de llevarse parte del tesoro ajeno y botarlo en un bote de basura que estaba frente a la pileta. La hermana lo increpó; deja esa basura, es del niño y él puede jugar con la basura si así lo desea y tomando con la yema de los dedos el envoltorio de chocolate, se dirigió con expresión de asco a devolverle al niño su juguete, digo su basura. Luego supe que el niño en cuestión se llama Pablo y supe también que de sus padres no tenía pista, lo supuse más bien por la cara de perplejidad que puso cuando la niña le preguntó donde estaban sus papás. En fin, la espera se hacia más corta entre esta escena y nuestras discusiones sobre filosofía, acerca de si los cambios nacían del individuo, o de la sociedad en su conjunto. Pronto nos dieron las 6 y decidimos tomar un taxi hacia el terminal terrestre donde tendríamos que esperar dos horas más a que nuestro bus partiera.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Perú: Lo malo y Cuzco


Primera parte: El camino hacia Arica

Cada verano nos deja anécdotas, historias que permanecen guardadas en nuestra memoria por una u otra razón. Lo que me dispongo a compartirles esta ocasión es el viaje a Perú que hice con dos compañeros; mi amigo Philippe y su amigo Jack. Pretendo graficarles sin ser fiel ni mucho menos objetivo la cultura peruana y cómo tres sujetos se sumergen en ella.

Pequeñas cuotas de respeto, asco, admiración y asombro (no, no de ese asombro que te pone los ojos grandes y te deja baboso y maravillado) serán las encargadas de darle sazón a este relato.

Comencemos, indudablemente, por el principio. El viaje comenzó un día viernes por la mañana, en un bus de la línea Pullman, todo parecía indicar, pese a que llegó con una hora de atraso, que sería un viaje cómodo y sin sobresaltos. ¡Primer error logístico!

Nuestros asientos estaban justamente ubicados al medio… frente al baño, pero esto habría sido una nimiedad si en el mismo bus no se hubiera subido la Señorita “diarrea” ¡Dios Mío! Jamás había visto a una mujer defecar con tanta frecuencia e intensidad (este último término refiriéndome al olor de su producto). Tanto era así, que ya a la tercera o cuarta sesión con Philippe la mirábamos con ojos amenazadores cuando salía del baño con cara de vergüenza y resignación, y es que en el fondo era una situación incómoda para la mujercita, pero vamos, nuestras narices necesitaban ser vengadas al menos con una mirada de reprobación. En fin… llegamos a Santiago luego de ver Rocky I, II y III y un viaje en el atiborrado metro de Santiago culminaba la jornada.

A la mañana siguiente y con el vago recuerdo del festín de comida china de la noche anterior nos reunimos con Jack, sujeto de cara afable, algo lento y olvidadizo, de un carácter relajado y buen humor. Así los tres nos encaminamos hacia el aeropuerto de Santiago a tomar nuestro vuelo con destino a la ciudad de Arica. Aquí un alto para detallar una situación melosa con tintes de infantil inocencia; nuestro amigo Philippe (a quien de aquí en más me referiré como shurrito) que jamás había volado quiso ir en ventana y no dejó espacio a alegato. Él se iría en ventana y ya estaba dispuesto. Lo que no se imaginaba el buen shurrito era que de los tres pasajes que teníamos había dos ventanas, y la que él tomó daba nada más y nada menos que al fuselaje del ala derecha del avión, mientras el bueno de Jack tenia vista privilegiada en un asiento de más atrás la que disfrutamos él y yo tomando una larga siesta hasta nuestra escala en Iquique.

Al llegar a Arica y establecernos en un hostal, fuimos a comer. La elección del local fue en base a dos criterios… el precio, y lo más importante; no era MC’Donald. Pedimos tres chorrillanas y una torre de cerveza en el Shop Dog, una sana y nutritiva elección para tres jóvenes como nosotros. Mientras comíamos la charla se estaba haciendo cada vez más amena, shurrito, el amigo en común, se convertía en el blanco de las bromas de Jack y por supuesto de las mías. En el creciente ánimo pedimos tres chorrillanas más y las bromas de las camareras no se hacían esperar. Una hora después caminábamos por el desierto paseo peatonal con los estómagos llenos de cerveza cebolla y papas fritas, a la vez que mirábamos con curiosidad y cierto reparo a una rubia mujer de mediana edad que nos miraba con cara de: “si te pillo no te suelto” del brazo de su joven y moreno amante (prostituto).

Llegamos a la habitación y las pegajosas sábanas nos persuadieron a dormir sobre la cama. Con un calor agobiante nos fuimos quedando dormidos, las alarmas puestas y los estómagos a punto de reventar, mañana cruzaríamos la frontera… Tacna nos esperaba.