Tercera parte: El fatídico viaje en “bus”
Por el parlante la voz robótica tipo Luli de la mujer que indicaba los horarios de salida y llegada nos indicaba que nuestro bus se disponía a salir por la puerta 2. Subimos a este bus “nuevo” que pese a ser 5 estrellas no contaba con baño, algo que, dado el viaje de nueve horas que nos esperaba, era un poco incómodo, sobretodo para nuestro amigo shurrito, con serios problemas de incontinencia urinaria (exageración que uso para graficar que es un meón). De todas formas pusimos la mejor cara y fuimos a entregar nuestras mochilas, pero horror, no entregaban ticket, y cómo sabrá usted que las mochilas son de nosotros al momento de bajar-pregunté-, tranquilo al bajar se ve eso pes fue la respuesta del auxiliar, subimos al bus rogando que al bajar nuestras mochilas estuvieran donde las dejamos, al sentarnos, shurrito en la ventana, yo en el pasillo y Jack atrás creímos que ya podríamos relajarnos y dormir mientras la marcha del bus era inminente. Pero que inocentes almas fuimos, en Perú no se estila que un bus salga con los pasajeros que tenga a la hora estimada, no, nada de eso, se espera hasta que el bus se llene, y así nos dieron las 9:30 hasta que el bus literalmente se llenó, con gente ocupando todo el pasillo, gente que debo decir parecía refugiado de guerra ya que llevaban la casa consigo. Así nos fuimos entre “chismosas” (nombre que les dimos a las mujeres peruanas, indígenas que usaban mucho esa palabra) que no dejaban de hablar en aymará o quechua o quien sabe qué lengua. Mujeres malolientes a sudor y maíz y hombres que tenían más grasa en el pelo que en el vientre. Casi al salir de la ciudad el bus paró para dejar subir a un niño que luego de un discurso del tipo “agradezcan que les vengo a vender caramelos en vez de robarles la plata” se bajó sin mucho éxito de ventas. El frío comenzaba a sentirse, y las “chismosas” sacaban manta tras manta y se volvían muy contrastantes al lado de nosotros tres, desubicados con pantalón corto y sandalias. En las aduanas Ínter departamentales (que fueron al menos 2) subía un guardia a pedir la cédula de identidad, caminando por el único espacio libre del bus... las posaderas de brazo, lo bueno es que al ver la cédula chilena no nos revisaban ni se la llevaban a la caseta para revisarla. A las 4 de la mañana al conductor se le ocurrió una brillante idea… y al ritmo de la zampoña desperté muerto de frío entre una nube de olor a peo, orina y sudor. No me sorprendí al ver que me había caído maíz mientras dormía, tampoco me sorprendí mucho cuando 2 horas más tarde me caía una caja con fruta en la cabeza. Lo que sí me sorprendió fue la osadía del compañero de asiento de nuestro compañero Jack, quien dejó la evidencia de su relajo vesical en cuatro pequeñas bolsitas de plástico dejadas deliberadamente en el piso del bus. Pero eso ya no importaba, se había hecho la luz y pronto llegaríamos a Puno donde tomaríamos un bus hacia Cuzco, nuestro primer destino que esperábamos que fuera muy hermoso para que el viaje comenzara a valer la pena.