Primera parte: El camino hacia Arica
Cada verano nos deja anécdotas, historias que permanecen guardadas en nuestra memoria por una u otra razón. Lo que me dispongo a compartirles esta ocasión es el viaje a Perú que hice con dos compañeros; mi amigo Philippe y su amigo Jack. Pretendo graficarles sin ser fiel ni mucho menos objetivo la cultura peruana y cómo tres sujetos se sumergen en ella.
Pequeñas cuotas de respeto, asco, admiración y asombro (no, no de ese asombro que te pone los ojos grandes y te deja baboso y maravillado) serán las encargadas de darle sazón a este relato.
Comencemos, indudablemente, por el principio. El viaje comenzó un día viernes por la mañana, en un bus de la línea Pullman, todo parecía indicar, pese a que llegó con una hora de atraso, que sería un viaje cómodo y sin sobresaltos. ¡Primer error logístico!
Nuestros asientos estaban justamente ubicados al medio… frente al baño, pero esto habría sido una nimiedad si en el mismo bus no se hubiera subido la Señorita “diarrea” ¡Dios Mío! Jamás había visto a una mujer defecar con tanta frecuencia e intensidad (este último término refiriéndome al olor de su producto). Tanto era así, que ya a la tercera o cuarta sesión con Philippe la mirábamos con ojos amenazadores cuando salía del baño con cara de vergüenza y resignación, y es que en el fondo era una situación incómoda para la mujercita, pero vamos, nuestras narices necesitaban ser vengadas al menos con una mirada de reprobación. En fin… llegamos a Santiago luego de ver Rocky I, II y III y un viaje en el atiborrado metro de Santiago culminaba la jornada.
A la mañana siguiente y con el vago recuerdo del festín de comida china de la noche anterior nos reunimos con Jack, sujeto de cara afable, algo lento y olvidadizo, de un carácter relajado y buen humor. Así los tres nos encaminamos hacia el aeropuerto de Santiago a tomar nuestro vuelo con destino a la ciudad de Arica. Aquí un alto para detallar una situación melosa con tintes de infantil inocencia; nuestro amigo Philippe (a quien de aquí en más me referiré como shurrito) que jamás había volado quiso ir en ventana y no dejó espacio a alegato. Él se iría en ventana y ya estaba dispuesto. Lo que no se imaginaba el buen shurrito era que de los tres pasajes que teníamos había dos ventanas, y la que él tomó daba nada más y nada menos que al fuselaje del ala derecha del avión, mientras el bueno de Jack tenia vista privilegiada en un asiento de más atrás la que disfrutamos él y yo tomando una larga siesta hasta nuestra escala en Iquique.
Al llegar a Arica y establecernos en un hostal, fuimos a comer. La elección del local fue en base a dos criterios… el precio, y lo más importante; no era MC’Donald. Pedimos tres chorrillanas y una torre de cerveza en el Shop Dog, una sana y nutritiva elección para tres jóvenes como nosotros. Mientras comíamos la charla se estaba haciendo cada vez más amena, shurrito, el amigo en común, se convertía en el blanco de las bromas de Jack y por supuesto de las mías. En el creciente ánimo pedimos tres chorrillanas más y las bromas de las camareras no se hacían esperar. Una hora después caminábamos por el desierto paseo peatonal con los estómagos llenos de cerveza cebolla y papas fritas, a la vez que mirábamos con curiosidad y cierto reparo a una rubia mujer de mediana edad que nos miraba con cara de: “si te pillo no te suelto” del brazo de su joven y moreno amante (prostituto).
Llegamos a la habitación y las pegajosas sábanas nos persuadieron a dormir sobre la cama. Con un calor agobiante nos fuimos quedando dormidos, las alarmas puestas y los estómagos a punto de reventar, mañana cruzaríamos la frontera… Tacna nos esperaba.
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